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PAPA LEÓN

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DOMINGO DE RAMOS

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Ciclo de catequesis – Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra
esperanza .IV. La resurrección de Cristo y los desafíos del
mundo actual 8. La Pascua como destino del corazón
inquieto.
Queridos hermanos y hermanas: La vida humana se caracteriza
por un movimiento constante que nos impulsa a hacer, a actuar.
Hoy en día se exige en todas partes rapidez para obtener
resultados óptimos en los ámbitos más diversos. ¿De qué
manera la resurrección de Jesús ilumina este aspecto de nuestra
experiencia? Cuando participemos en su victoria sobre la muerte,
¿descansaremos? La fe nos dice: sí, descansaremos. No
estaremos inactivos, sino que entraremos en el descanso de
Dios, que es paz y alegría. Pues bien, ¿solo tenemos que
esperar, o esto puede cambiarnos desde ahora? Estamos
absortos en muchas actividades que no siempre nos satisfacen.
Muchas de nuestras acciones tienen que ver con cosas
prácticas, concretas. Debemos asumir la responsabilidad
de numerosos compromisos, resolver problemas, afrontar
fatigas. También Jesús se involucró con las personas y con la
vida, sin escatimar esfuerzos, sino entregándose hasta el final.
Sin embargo, a menudo percibimos que el hecho de hacer
demasiado, en lugar de darnos plenitud, se convierte en un
aspecto que nos aturde, nos quita la serenidad, nos impide vivir
mejor lo que es realmente importante para nuestra vida.
Entonces nos sentimos cansados, insatisfechos: el tiempo
parece dispersarse en mil cosas prácticas que, sin embargo, no
resuelven el significado último de nuestra existencia. A veces, al

final de días llenos de actividades, nos sentimos vacíos. ¿Por
qué? Porque no somos máquinas, tenemos un «corazón», es
más, podemos decir que somos un corazón. El corazón es el
símbolo de toda nuestra humanidad, la síntesis de
pensamientos, sentimientos y deseos, el centro invisible de
nuestras personas. El evangelista Mateo nos invita a reflexionar
sobre la importancia del corazón, al citar esta hermosa frase de
Jesús: «Porque allí donde esté tu tesoro, allí estará también tu
corazón» (Mt 6,21). Es, entonces, en el corazón donde se
conserva el verdadero tesoro, no en las cajas fuertes de la tierra,
no en las grandes inversiones financieras, hoy más que nunca
enloquecidas e injustamente concentradas, idolatradas al precio
sangriento de millones de vidas humanas y de la devastación de
la creación de Dios. Es importante reflexionar sobre estos
aspectos, porque en los numerosos compromisos que
afrontamos continuamente, aflora cada vez más el riesgo de la
dispersión, a veces de la desesperación, de la falta de sentido,
incluso en personas aparentemente exitosas. En cambio, leer la
vida bajo el signo de la Pascua, mirarla con Jesús Resucitado,
significa encontrar el acceso a la esencia de la persona humana,
a nuestro corazón: cor inquietum. Con este adjetivo «inquieto»,
san Agustín nos hace comprender el impulso del ser humano
que tiende a su plena realización. La frase completa remite al
comienzo de las Confesiones, donde Agustín escribe: «Señor, tú
nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que
descanse en ti». La inquietud es la señal de que nuestro corazón
no se mueve al azar, de forma desordenada, sin un fin o una
meta, sino que está orientado hacia su destino último, el de
«volver a casa». Y el auténtico destino del corazón no consiste
en la posesión de los bienes de este mundo, sino en alcanzar lo
que puede colmarlo plenamente, es decir, el amor de Dios, o,
mejor dicho, Dios Amor. Sin embargo, este tesoro solo se
encuentra amando al prójimo que se encuentra en el camino:
hermanos y hermanas de carne y hueso, cuya presencia
interpela e interroga a nuestro corazón, llamándolo a abrirse y a
donarse. El prójimo te pide ralentizar, mirarlo a los ojos, a veces
cambiar de planes, tal vez incluso cambiar de dirección.

Queridísimos, he aquí el secreto del movimiento del corazón
humano: volver a la fuente de su ser, disfrutar del gozo que no
termina, que no decepciona. Nadie puede vivir sin un sentido que
vaya más allá de lo contingente, más allá de lo que pasa. El
corazón humano no puede vivir sin esperar, sin saber que está
hecho para la plenitud, no para el vacío. Jesucristo, con su
Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, ha dado un
fundamento sólido a esta esperanza. El corazón inquieto no se
sentirá defraudado si entra en el dinamismo del amor para el que
ha sido creado. El destino es seguro, la vida venció y en Cristo
seguirá venciendo en cada muerte de lo cotidiano. Esta es la
esperanza cristiana: ¡bendigamos y demos gracias siempre al
Señor que nos la ha dado!

PAPA LEÓN XIV

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