

PAPA LEÓN
DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO
Catequesis - Los documentos del Concilio Vaticano
II. II. Constitución dogmática Lumen gentium. 7. La
santidad y los consejos evangélicos en la Iglesia
Queridos hermanos y hermanas: La Constitución del
Concilio Vaticano II Lumen gentium sobre la Iglesia
dedica todo un capítulo, el quinto, a la universal
vocación a la santidad de todos los fieles: cada uno de
nosotros está llamado a vivir en la gracia de Dios,
practicando las virtudes y conformándose a Cristo. La
santidad, según la Constitución conciliar, no es un
privilegio para unos pocos, sino un don que
compromete a todo bautizado a tender a la perfección
de la caridad, es decir, a la plenitud del amor hacia Dios
y hacia el prójimo. La caridad es, de hecho, el corazón
de la santidad a la que todos los creyentes están
llamados: infundida por el Padre, mediante el Hijo
Jesús, esta virtud «rige todos los medios de
santificación, los informa y los conduce a su fin». El
nivel más alto de la santidad, como en el origen de la
Iglesia, es el martirio, «supremo testimonio de fe y de
caridad»: por este motivo, el texto conciliar enseña que
todo creyente debe estar dispuesto a confesar a Cristo
hasta el derramamiento de sangre, como siempre ha
sucedido y sucede también hoy. Esta disposición para
el testimonio se hace realidad cada vez que los
cristianos dejan señales de fe y de amor en la sociedad,
comprometiéndose por la justicia.
Todos los sacramentos, de forma emitente la
Eucaristía, son alimento que hace crecer una vida
santa, asimilando cada persona a Cristo, modelo y
medida de la santidad. Él santifica la Iglesia, de la cual
es Cabeza y Pastor: la santidad es, en esta óptica, un
don suyo, que se manifiesta en nuestra vida cotidiana
cada vez que lo acogemos con alegría y le
correspondemos con compromiso. A este respecto, San
Pablo VI, en la Audiencia general del 20 de octubre de
1965, recordaba que la Iglesia, para ser auténtica,
quiere que todos los bautizados deban «ser santos, es
decir, verdaderamente sus hijos dignos, fuertes y
fieles». Esto se realiza como una transformación
interior, por lo que la vida de cada persona se conforma
a Cristo en virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 8,29).
La Lumen gentium describe la santidad de la Iglesia
católica como una de sus características constitutivas,
que debe acogerse en la fe, en cuanto se cree que es
«indefectiblemente santa»: eso no significa que lo sea
de forma plena y perfecta, sino que está llamada a
confirmar este don divino durante su peregrinaje hacia
la meta eterna, caminando «entre las persecuciones del
mundo y las consolaciones de Dios».
La triste realidad del pecado en la Iglesia, es decir, en
todos nosotros, invita a cada uno a emprender un serio
cambio de vida, encomendándonos al Señor, que nos
renueva en la caridad. Precisamente esta gracia infinita,
que santifica la Iglesia, nos confía una misión que
debemos cumplir día tras día: la de nuestra conversión.
Por eso, la santidad no tiene solamente una naturaleza
práctica, como si se pudiera reducir a un compromiso
ético, por grande que sea, sino que concierne a la
esencia misma de la vida cristiana, personal y
comunitaria.
En esta perspectiva, un papel decisivo lo asume la vida
consagrada, que se aborda en el capítulo sexto de la
Constitución conciliar. En el pueblo santo de Dios, esta
constituye una señal profética del mundo nuevo,
experimentado en el aquí y el ahora de la historia. De
hecho, señales del Reino de Dios, ya presente en el
misterio de la Iglesia, son aquellos consejos
evangélicos que dan forma a toda experiencia de vida
consagrada: la pobreza, la castidad y la obediencia.
Estas tres virtudes no son prescripciones que
encadenan la libertad, sino dones liberadores del
Espíritu Santo, a través de los cuales algunos fieles se
consagran totalmente a Dios. La pobreza expresa la
plena entrega a la Providencia, liberando del cálculo y
del interés; la obediencia tiene como modelo la entrega
de sí mismo que Cristo hizo al Padre, liberando de la
desconfianza y del dominio; la castidad es la entrega de
un corazón íntegro y puro en el amor, al servicio de
Dios y de la Iglesia.
Conformándose a este estilo de vida, las personas
consagradas dan testimonio de la vocación universal a
la santidad en toda la Iglesia, en la forma de un
seguimiento radical. Los consejos evangélicos
manifiestan la participación plena en la vida de Cristo,
hasta la cruz: ¡es precisamente por el sacrificio del
Crucificado que todos somos redimidos y santificados!
Contemplando este evento, sabemos que no hay
experiencia humana que Dios no redima: incluso el
sufrimiento, vivido en unión con la pasión del Señor, se
convierte en una vía de santidad. La gracia que
convierte y transforma la vida nos refuerza así en toda
prueba, indicándonos como meta no un ideal lejano,
sino el encuentro con Dios, que se hizo hombre por
amor. Que la Virgen María, Madre toda santa del Verbo
encarnado, sostenga y proteja siempre nuestro camino.
PAPA LEÓN XIV
